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sábado, 21 de febrero de 2015

Logro desbloqueado

El pasado miércoles 18 de Febrero se presentó el libro "Recreaciones: de la poesía al ensayo" en el ágora de la ciudad de Xalapa. Alberto Cruz, Ramón Rosas y yo estuvimos platicando acerca de nuestra experiencia y contenido del libro bajo la moderación del Maesto Víctor Hugo Vásquez.

Nuestra obra es un resultado del diplomado en Creación Literaria impartido por la Universidad Veracruzana y la Universidad Autónoma Metropolitana donde diferentes escritores reconocidos nos compartían su conocimiento y experiencia con respecto a la creación literaria.

La idea de crear un libro con nuestro trabajos realizados surgió en uno de las últimas sesiones del diplomado, donde en vez de organizar una fiesta de graduación preferimos hacer algo más productivo y que en realidad demostrara lo aprendido en el curso, y así es como nace este libro.
Somos dieciséis los colaboradores de "Recreaciones": Adriana Quezada, Alberto Cruz, Bertha Echeverría, César Bernabe, Edith Chaparro Valle, Efraín Méndez, Florencia Castillo, Gabriela Herrera, Gudelio Escamilla, Susy Sosa, Liliana Ocotla, Marisol Morales, Ramón Rosas Caro, Ricardo Goné, Samuel Bautista y Yuray Rosas Muñiz. Todos con diferentes profesiones, edades y lugar de origen, pero unidos por un mismo placer: la escritura.  

Agradecemos al Ágora de la ciudad de Xalapa por darnos la oportunidad de llevar un poco de lo que tenemos acá en el norte del estado esperando que sea la primera de muchas presentaciones así.



Venta de ejemplares:
Hyperión Librería, Xalapa
o mandar un correo a 
marisol.morita@gmail.com
[con asunto - Recreaciones]


domingo, 16 de febrero de 2014

Raloposo, el oso polar


Hace unos días viendo una competencia de ski, entre tanto frío y nieve, recordé la historia de un oso polar. Un oso polar común y corriente a simple vista, a muy simple vista, pues curiosamente este oso polar siempre buscaba los lugares cálidos. Se llenada de alegría cada vez que veía salir el sol, y buscaba el rayo menos frío para botarse en la nieve así como los perros se botan en el jardín bajo el sol después de un baño en verano. Este oso, al que llamaremos Raloposo (porque en realidad desconozco su verdadero nombre), estaba harto de tener frío, de perseguir al sol y a otros osos con un pelaje más abundante para entrar en calor. Así que un día soñó con nieve caliente, un poco más oscura pero igual de suave, y junto a ella agua, mucha agua salvaje que se levantaba formando ondas y caía dejando una estela blanca sin ocultar el azul turquesa que incluso contrastaba en el horizonte. Raloposo pensó si en realidad existía algún lugar así, lo dudó mucho pues toda su vida había visto paisajes blancos y congelados. Aun así decidió arriesgarse y buscar esa nieve cálida que le ofrecía la temperatura que él deseaba.

De esa manera, Raloposo partió al sur, claro sin no antes ser juzgado y tachado de loco. Sin importarle tomó lo necesario y empezó a caminar. A pesar de haber encontrado varias costas, ni una de esas era como la de su sueño. Reloposo se empezó a desesperar, pero pensar en el frío que le calaba los huesos por la noche hizo que siguiera su camino. Después de varios días más, una noche de primavera decidió dormir con el fin de tomar fuerzas para el regreso, no para continuar. Sólo alumbraba la luz de la luna, así que ahí donde encontró algo parecido a la nieve se acomodó y a pesar de un constante estruendo, logró dormir.

Un intenso rayo de calor lo despertó. Se dio cuenta que lo que estaba a sus pies no era nieve caliente, sino arena. A sus espaldas el estruendo seguía y al voltear estaba frente al mar. Raloposo volvió a soñar, o al menos eso creyó. Se dirigió hacia ese atrayente azul turquesa con estelas de espuma blanca revoloteando. Llegó a la orilla y una de esas enormes olas acabó con su sueño. Lo llevó al fondo del mar y al salir a la superficie cayó en cuenta de que definitivamente no estaba soñando, había llegado a su destino. Raloposo no dejaba de aventarse sobre las olas como ballena jorobada  rompiendo la hipnótica estela de todas éstas. El pelaje le estorbaba, así que antes de seguir disfrutando su nueva estancia decidió deshacerse de él. Al raparse se dio cuenta que su piel era blanca como la nieve y la espuma del mar. Sin pensar más se estableció en la fina arena frente al mar y empezó a hacer su vida.

Nadaba, tomaba el sol, dormía, pescaba, nadaba, tomaba el sol, dormía, pescaba... y así sucesivamente hasta que un día vio que su piel se empezaba a oscurecer. Lo vio como algo natural, pues era lógico que el sol empieza a quemar después de haberse expuesto en repetidas ocasiones. Poco a poco su piel blanca se empezó a poner como el cielo por las noches, sólo que sin los destellos de las estrellas. Conforme pasaba el tiempo, su piel se ponía más negra y el calor empezaba a ser insoportable, pues alguna vez le dijeron que los colores oscuros atraen la radiación solar y así aumenta el calor del objeto. Pensó que ya era tiempo de volver a casa, la arena ya no era reconfortante como antes, ahora picaba y era casi imposible deshacerse de ella. El agua salada le revolvía el estómago y el estruendoso sonido de las olas le aceleraban el ritmo cardíaco. Definitivamente no era sano quedarse más tiempo ahí. Decidió regresar a casa con la esperanza de que su oscura piel se blanqueara en el camino y así evitar burlas de sus compañeros.

Pasaron varios días para que Raloposo llegara al Ártico, pero cuando lo logró, el pelaje había cubierto su piel negra, era un oso polar más. Disfrutó respirar el aire helado de su tierra, sentir como sus garras acariciaban la suave nieve, escuchar un silencio adormecedor con el cual su corazón bombeaba sangre con una lentitud relajante. Sí, se sentía feliz de haber regresado, y más aun al darse cuenta que sus compañeros no notaron su piel negra, ya que fue tanto sol que jamás volvió a ser de piel blanca, pero gracias a eso jamás volvió a pasar frío ni a buscar lugares que no fueran como casa.

Curiosamente después de la travesía de Raloposo, las generaciones siguientes empezaron a nacer con la piel negra. No quiero decir que Rapoloso fue el padre de todos los ositos siguientes, pero probablemente le contó a uno que otro oso en la cantina y decidieron hacer lo mismo que él, pues curiosamente también se volvió el oso más atractivo del Ártico. Es por eso que los osos polares tienen la piel negra y no blanca como una ignorante alguna vez contestó en un juego de preguntas de su celular. Cosas pasan.

sábado, 28 de septiembre de 2013

"Escuchar" a Rachmaninoff

Leer a Kerner hizo que recordara a mi abuelo cuando vio la película de Star Wars: "¡Es una jalada!" fueron sus palabras. Mi abuelo era una persona que vivía rodeada de fierro, instrumentos pesados, grasa y aceite, su realidad, por lo tanto todas esas naves espaciales y espadas laser eran una reverenda "mafufada" en sus tiempos.

Al igual que mi abuelo,Olaff vivía una realidad de puerto: barcos, olor a pescado, mareas, tempestades y marineros, por esa razón al presenciar un concierto de piano su oído hace corto circuito al  no tener cercanía con el arte, así como mi abuelo no estaba acostumbrado a la ciencia ficción. Es curioso cómo Olaff describe cada movimiento y cambio de ritmo en el piano, basado es sus experiencias marítimas como una forma de entender lo que está experimentando en ese momento.

El texto te transporta al concierto, y a pesar de escuchar a Rachmaninof a través de los oídos de Olaff, sí se alcanza a disfrutar y sentir la música. Sinceramente no me considero una experta en el tema, pero he tenido la oportunidad de presenciar conciertos de piano, lo cual me ayudó a imaginar las diferentes piezas dentro de la historia. Además, platicar con un violista de la OSJEV, me abrió el panorama que tenía del texto para darle una interpretación diferente a ciertas frases del cuento.

He aquí la magna experiencia de Olaff con Rachnaninoff. ¿Tus oídos son como los de Olaff o de Juanita?


OLAFF OYE TOCAR A RACHMANINOFF
Cary Kerner

Es curioso eso de cómo tantas cosas suceden todo el tiempo sin que uno sedé cuenta de nada hasta que se tropieza con ellas. Como eso de1os que tocan el piano y andan por todos lados cobrando tres coronas por cada gente que los quiere oír. Yo nunca hubiera sabido que había esa clase de tipos si no hubiera sido por mi sobrina Juanita. 

Yo he cuidado a Juanita desde que era un monigote chiquito. Como Felipa, mi mujer, pronto no la quiso tener cerca porque le daba mucha lata, la mandé de interna a un colegio y dejé que le dieran clases de música, y como para eso hicieron no sé que arreglo en las vacaciones, la dejé de ver por muchos años. Felipa siempre anda recriminándome por aquello de los gastos; pero yo quiero que Juanita llegue al puerto.

Bueno, pues hace como dos años que Juanita me escribió preguntándome que si podía cambiar de maestro de piano y tomar clases de uno que era muy bueno de verdad, uno muy caro que creo se llama Lorry o algo así. Y la señora que dirige el internado también me escribió y me dijo que yo debería dejar que Juanita tomara clases de ese señor, porque ella iba a ser algún día una famosa pianista. A mí me pareció que todo era pura tontería, porque yo nunca he visto que los parientes de Juanita, por los dos lados, hayan sido nunca otra cosa que marineros trabajadores y humildes. Pero como yo no soy de esos que a la fuerza quieren que todos piensen igual que ellos, pues me decidí a mandar más dinero después de haberlo pensado un poco, y me callé la boca sin decirle nada a Felipa.

Al fin y al cabo que Felipa no sabe cómo andan mis negocios, porque a veces, cuando estoy muy cansado, me voy a la casa, pero otras veces me quedo en la casa del capitán Spraghe, sobre todo según me haya ido con Felipa la última vez que la he visto. Yo siempre he pensado que hay tempestades que se pueden capotear, pero a otras hay que huirles, y yo no soy de los que andan buscando dificultades.

Pues nada, que cuando las cosas se pusieron difíciles con eso del comercio, y muchos barcos tuvieron que suspender sus viajes porque no había carga, pensé que al fin y al cabo podría darle a Felipa lo que me andaba pidiendo desde hacía mucho, como era su derecho, si sólo yo le cortara un poco los gastos que estaba haciendo con Juanita en la escuela. Y le escribí diciéndole cómo andaban las cosas, a ver si podía darse maña para aprender lo mismo con un profesor más barato.

Inmediatamente recibí la carta más linda que pudiera esperar. Me dijo que sentía mucho no haberse dado cuenta que situación era mala, y que al fin y al cabo ya había estado pensando dejar de tomar clases y ponerse a enseñar el piano a niños y gente que todavía no sabían tanto como ella.

Fue una carta muy animadora, hasta con dos o tres chistes como los que siempre acomoda en sus cartas, las que acostumbraba yo enseñarle a Felipa, pero que ahora ya no le enseño. Pero me sentía muy raro mientras la estaba leyendo: algo así como cuando yo era chamaco y mi madre me regañaba porque le gustaba andar por el muelle oliendo a pescado y hablando e barcos. Al leer la carta oía todo el tiempo algo como un ruido de alguien que llora, como gaviotas en una noche de borrasca.

Y de repente me entraron ganas de ir a ver a Juanita, ya que no lo había hecho nunca; le escribí, y fui. Ella fue a la estación a encontrarme, y fue bueno que ella me reconociera, porque yo nunca me hubiera imaginado que ella era mi pequeña Juanita. De la nena graciosa, gordita y de ojos grandes que era antes, se había transformado en la muchacha más hermosa que uno se pudiera imaginar. Delgada y fina como un yate, con ojos azules como el mar, cara llena de hoyuelos cuando sonreía, y su cabello como una aureola dorada sobre sus hombros. Sus manos eran casi tan fuertes como las de un hombre, pero blancas y largas. 

Buscamos un lugar para comer y platicar, y lo primero que ocurrió fue que le brillaron los ojos y sacó unos papeles de su bolsa:
- Mira, tío Olaff, ¡dos boletos para Rachmaninoff!
Me di cuenta de que lo que yo debí haber hecho era patear y gritar degusto, pero no tuve más remedio que decirle que yo no sabía quién era ese Rachmaninoff.
-¡Pero si es el príncipe de todos ellos! ¡El gran pianista ruso! 
Con lo que me dejó igual que antes. Pero ella dijo que era como un dios o algo así, y la dejé que se volviera loca de entusiasmo. Pero yo ya sé por experiencia que hay que tener miedo de ir a donde una mujer quiere llevarlo a uno, y le dije que no tenía mucho tiempo para quedarme, y que mejor ella me tocara algo si había un piano a la mano.
Ella se volvió toda hoyuelos y me dijo:
-¡Pero si he pagado seis coronas de las que has ganado con tanto trabajo, tío, para agasajarte a lo grande!
-¡Seis coronas! - temo mucho que grité muy fuerte -. ¿Quieres decir que...?
-¡Ah, pero fue por dos boletos! - me respondió inmediatamente, como si tres coronas por cada boleto no fueran nada. 

Iba yo a decir algo acerca de la mala situación, pero no quise sentirme responsable por quitarle esa mirada de felicidad de la cara, y me callé. Además, de todos modos, cada vez que me siento con ánimo de ser tacaño, me acuerdo delo tacaña que es Felipa, y mejor me callo. 

No pasó mucho tiempo sin que fuéramos a la casa de la ópera, donde ese tipo cobraba tres coronas por asiento. Había un montón de mujeres pavoneándose enfrente, hablando tonterías y haciéndose las interesantes y mirándose en espejitos y oliendo hacia el cielo con perfumes raros.

-¡Te va a encantar, tío! - me decía Juanita cada vez que yo trataba de disuadirla de meternos entre tanta gente.- Sí, yo creo que me va a encantar... tanto como si me mandaras a capotear un temporal noreste- dije yo, y ella nada mas sonreía. 

Adentro, cuando al fin entramos, había más asientos de los que yo nunca había visto en mi vida, y muy pronto todos estuvieron llenos. Y había muchos hombres también, lo que muestra que también hay muchas mujeres tercas y alborotadoras en el mundo, y yo me quedé pensando si ellos se sentían tan a disgusto como yo ahí sentados esperando que viniera otro a tocarles en el piano. Ya me imaginaba cómo ese Rachmaninoff estaba por ahí viéndonos y riéndose de habernos hecho gastar tres coronas por oírlo. Eso me hizo que me enojara un poco, pero fin y al cabo, pensé, cada quien se gana la vida como puede, y quizás el pobre no sabía hacer otra cosa. 

No había nada de decorado en el escenario, nada más un piano con la tapa abierta, y se veía muy feo. 

De repente todos se quedaron quietos, y alguien dijo quedito:
-¡Ya viene! - como si fuera un circo o algo. 

Y luego todos comenzaron a aplaudir, y él entró caminando al foro. De veras que me sorprendí al verlo. Me pareció que un hombre tan fuerte podía hacer lo menos una docena de más útiles que tocar el piano. Él se inclinó muy serio, fue sentarse delante del piano y esperó a que todos se quedaran callados a su gusto. No pude menos que sentir lástima por él, ahí sentado sólito y todo el mundo viéndolo. Supongo que fue lo nervioso que se puso desde el principio lo que lo hizo equivocarse tantas veces en casi todas las piezas que tocó.

Tan pronto como dejaron de aplaudir, comenzó a templar el piano. Al principio sus dedos estaban algo duros y tiesos, y nada más picaba aquí y allá, pero muy pronto se calentó de una manera sorprendente, y antes de que me diera cuenta ya estaba yo sentado en la orilla del asiento tratando de comprender cómo podía hacer para que no se le enredaran los dedos, de tan aprisa que los movía. Iba para arriba y para abajo, cada vez más aprisa, tratando de mostrarle al público qué tan rápido podía mover las manos. Pero al rato, como que ya no pudo más, y lo dejó. Luego comenzó a intentar una que otra tonada, pero sin terminar ninguna, y las dejaba de tocar precisamente cuando uno ya le comenzaba a tomar gusto. Y luego se puso a ver qué tan fuerte tocaba el piano, y luego que vio lo que podía aguantar, suspendió todo. 
¡Y vaya! ¡Si vieran cómo aplaudió esa gente. Todos estaban contentos de que ya estuviera listo para comenzar a tocar. 
Inmediatamente comenzó, pero por cierto que no sonó muy bien. La verdad es que me gustó más cuando estaba templando el piano. Parecía dudar de por fin qué pieza tocar, y esto le perjudicaba mucho. Había un montón de sonidos agradables y de repente brincaba a otra cosa. 

Por fin se puso a tocar algo que ya iba para largo y que a mí me estaba gustando, por cierto que hasta me senté bien para oírlo, cuando se tropezó con un montón de notas. Luego comenzó de nuevo, pero siempre se equivocó en el mismo lugar. Sin embargo, persistía en su intento, fuerte y más fuerte, como si estuviera decidido a lograrlo así se tuviera que quedar toda la noche. Pero no mejoró nada hasta que renunció y se dejó de esa pieza, pero no le valió, porque siguió lo mismo. Uno podía notar que estaba medio acalorado, y no lo culpo, ¡la vergüenza de fallar delante de tanta gente! 

Seguía enojándose más y más hasta que perdió por completo su control, y la forma en que golpeaba las teclas era algo horrible. Suerte que la tapa del piano estaba alzada, que si no, explota. Y de repente se dejó caer con las dos manos, tan fuerte como pudo, haciendo el ruido más horroroso que yo haya oído nunca. Y ahí mismo abandonó todo y se paró, inclinándose como pidiendo excusas por haberlo siquiera intentado. Por lo menos eso pensé, aunque Juanita me dijo que era una pieza maravillosa. ¡Y la gente aplaudiendo! Me molestaba pensar en que la gente debiera darse cuenta de que comprendía que el aplauso era sólo cortesía. 

Iba a decirle yo algo más a Juanita, pero tengo mis razones para saber que no conviene ser sincero con las mujeres. Pero Juanita no es tan tonta, y me dijo:
- Quizás no te hayan gustado tanto estos números, tío Olaff, pero hay unos en el programa, ¡qué los vas a adorar!
- ¡Ojalá! - exclamé mientras pensaba en las seis coronas. Y luego ella se encogió toda en su asiento, como llena de gusto:
- Vas a estar contento de haber venido, ¡ya verás!


Pero las dos siguientes piezas no fueron gran cosa, Y sin embargo, la gente aplaudió cada vez. Yo luego comprendí que todos sabían que tenía una cosa muy buena de reserva, y nada más lo estaban alentando hasta que llegara su turno de tocarla. Juanita decía que no se estaba equivocando, pero yo sé que mis orejas son lo bastante buenas para saber si un son está entonado o no. Lo único que tengo que decir en su favor, es que no se equivoca por equivocarse, lo que casi lo compone todo, como quien dice. Es como Felipa. Ella se obstina tanto en sus errores, que no tiene uno más remedio que admirarla. 

Bueno, pues antes de que comenzara una de esas piezas, se sintió que lo que iba a seguir era cosa buena. Todos como que aguantaban el respiro, y la gente delante de nosotros se hizo para atrás en sus asientos, como si se acomodaran para el resto de sus vidas. 

Entró muy decidido, de repente, tratando de tantear a la gente sobre dónde se movían sus manos. Las tenía en los extremos del piano, y de repente ya estaban en la mitad, saltando para adelante y para atrás, agarrando un punto denotas en un lado y azotándolas en otro, como si tratara de arrancarles la cáscara a las teclas. Una mano andaba persiguiendo a la otra por todo el piano, repicando como granizo en la cubierta, en golpes rápidos y secos, y más y más aprisa, hasta que se le descontrolaron los dedos en tal forma, que sólo se deslizaban sin parar, haciéndome recordar al viejo capitán Spraghe, que cuando andaba borracho, nada más iba balanceándose sobre el puente, tratando de aparentar que no tenía que pescarse del barandal. 

De repente se enredó y se vio en un apuro difícil, pero en un arranque se zafó de la dificultad, volviendo al carril salvajemente Era como el viento aullando y rasgando entre el velamen, con las lonas azoradas unas contra otras. Martilleaba con una mano sobre la otra hasta que la arrinconaba, y tenía que saltar por encima para escapar, como rana, para que la otra la persiguiera de nuevo por el teclado. Y de arriba a abajo, tan aprisa, que casi me mareaba tratando de tener mis ojos y mis orejas abiertas. Esas manos brincaban tanto y se perseguían, arrebatándose el lugar, tan aprisa como nadie vio nunca cosa igual. 

Y todo el tiempo uno podía oír dos tonadas, ¡tan claro!, como el agudo graznido de una gaviota contra el mar encrespado. 

Y de repente alzó las manos y las detuvo en el aire. ¡Por Dios que uno podía oír la melodía escurriendo de sus dedos en alto! y cuando volvió a bajar las manos se hundió de lleno en un navegar ligero y poderoso, alisando la melodía como olas grandes y hermosas rodando sobre la playa, y se podía sentir como que lo subían a uno y lo bajaban en el vaivén del mar. Y de cuando en cuando metía un chorro de sonidos brillantes, luminosos, como espuma sobre la cresta de una ola entre las rocas. Y había unos sonidos repetiditos que hacía temblando, los dedos en un mismo lugar, vuelta y vuelta, hasta que uno creía se iba a dar un tropezón. Y luego los hacía un poquito más arriba, y luego más abajo, y luego como que los corría juntos por el teclado, hasta que de verdad no me imaginaba cómo demonios se daba cuenta de lo que estaba haciendo. 

De vez en cuando como que terminaba la pieza, pero él la recogía de nuevo y no le gustaba tener que dejarla, y cuando al acabó, fue el lugar preciso en que debía acabarla. 

Podría yo haber cacheteado a esa gente por aplaudirle luego que terminó. Después de que había tocado tan bien, lo debían haber dejado solo un rato a que se calmara un poco de emoción. 

Le pregunté a Juanita qué pieza era ésa. Ella me dijo. Pero no le oí bien, y no le quise preguntar de nuevo porque era de "apasionada" y ¡ella es tan joven todavía! Debieran tener cuidado de qué nombres les ponen a las piezas. Le pregunte si podía tocar ella eso, porque me gustaría oírlo de nuevo. Se pusieron muy tristes sus ojos, y me dijo: 
-¡Pero no como él, tío Olaff!

Y lo curioso es que en ese momento vi muy claro el primer barco en que navegué. Y me puse a pensar lo que hubiera sentido si en aquel momento me hubieran devuelto a tierra y eso me puso triste por algunos minutos. 

Rachmaninoff estaba ya cansado para esto, y creo que si las demás piezas no hubieran estado en el programa, ya ni las hubiera tocado, y por mí mejor que así hubiera sido. No sé qué tienen algunas gentes, que le siguieron aplaudiendo. 

Pero luego que ya había acabado con el programa, obsequió unas dos piezas extras y hasta entonces fue cuando de veras se puso a tocar cosas que la gente puede entender a fondo. No me acuerdo de los nombres, excepto que una era de unos turcos marchando, y ¡vaya si no se fue desde el principio hasta el fin sin equivocarse ni una vez! Apuesto a que ésa es la que más le gusta tocar. Uno no pudiera detenerlo una vez que comenzó, pues primero podría uno detener la marea. 

Usted debe tratar de oírlo tocar alguna vez, sobre todo ésa de la apasionada. Juanita dice que va a seguir tocando por muchos años, y creo que después de todo hace bien, a ver si mejora un poco. Un poco más de práctica en una de esas piezas, y con tal que abandone otras por completo, y tendrá mucho éxito. 

Yo le pregunté a Juanita, como quien no quiere la cosa, si había otro profesor mejor que ese Lorry, y ella me dijo que no. Y cuando estábamos esperando el tren, le dije casualmente que después de todo había decidido que siguiera tomando esas clases, pues nadie mejor que yo sabe que se necesita un piloto para entrar al puerto. 

Comenzó a llorar, pero se secó las lágrimas cuando oyó el silbatazo del tren. 

Luego sonrió y me dijo que yo nunca lo sentiría. 

Yo no le he dicho nada a Felipa. Parece que al fin y al cabo ya ella y yo estábamos anclados juntos para siempre, a pesar de lo que Lorry cobra. Pero no protesto. Se me hace que entre más nos vemos Felipa y yo, mejor nos entendemos. 

No es que el mar esté muy tranquilo que se diga, pero no me olvido de cómo Rachmaninoff pudo, al fin, tocar bien, con sólo que la gente le diera la oportunidad.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Séptimo Sábado



Sentado en la misma mesa para dos. Admiraba las gotas que caían de la marquesina al otro lado de la calle y meditaba.

Tomaba su café y fijaba su mirada hacia enfrente. El vapor simulaba su silueta, su sonrisa, la curva de su nariz, el arco de sus cejas... Un suspiro, se esfuma.

Daba un trago. Recordaba las tardes lluviosas cuando caminaban bajo la tormenta y llegaban precisamente a esa mesa donde muchas veces sentados y riendo pidieron un café.

Ya tres años habían pasado, sin embargo el seguía regresando a colocarse frente a una silla vacía para revivir esa silueta, esa sonrisa, esa nariz y esas cejas.


La lluvia los acercaba aquellos sábados de casi otoño, y fue la lluvia de madrugada la que los separó.

sábado, 17 de agosto de 2013

Y712

Era tarde, Marta aún no dormía. Eran las once de la noche y no terminaba de llenar su maleta. Tenía esa mala costumbre de empacar horas, incluso minutos, justo antes de su partida, y como era común, este viaje en el que estaría fuera aproximadamente tres semanas no fue la excepción.
            A media noche partió el autobús a la Ciudad de México para después dirigirse al Benito Juárez y de ahí volar a La Paz. Iba muy nerviosa, pues era la primera vez que llegaba a ese monstruo de ciudad sola y sin ser alguno que la recibiera. Esta idea daba vueltas en su cabeza sin dejarla descansar, pero una vez que subió al autobús logró conciliar el sueño.
            Tres horas después, a pesar de la tremenda Bilirrubina de Juan Luis Guerra que acompañaba sus ronquidos, la despertó una voz acartonada anunciando que era imposible pasar debido a un accidente y probablemente estarían ahí estancados unas horas. El nervio regresó: "Son las tres, el vuelo sale a las doce, según el GPS estoy a cuatro horas de mi destino, podemos estar estáticos alrededor de seis horas y rezar, sí rezar que no haya tanto tráfico para que el taxi fluya... ¿y si no?, ¿cuál es el plan B?...". Esos cálculos mentales rondaban por su mente una y otra vez. El insomnio estaba de vuelta.
            Alrededor de las cinco de la mañana el vehículo empezó a andar. Marta creía que eso la calmaría, pero no. Se desesperó, quería dormir, no podía, así que decidió tomar dos pastillas para el mareo las cuales la dejarían como león sedado. No sirvió de mucho. Unos momentos después, abrió los ojos y ya se encontraba en su destino. La emoción de haber llegado a tiempo invadió su cuerpo, fue por eso que durante los casi sesenta minutos de recorrido a la central tampoco pudo pegar pestaña.
            Por fin pisó suelo firme. Miró su reloj, marcaba las nueve. Sonrió. Tomó un taxi y llegó treinta minutos antes del registro de equipaje. "¡Excelente!" pensó, pues tendría tiempo para desayunar tranquilamente y llegar al mostrador sin retardo alguno. Todo salió tal y como lo había planeado. Pronto se encontró en la sala de embarque intentando no caer dormida y con unas ojeras de vampiro mal maquillado de película casera.
            La hora de abordar llegó mas nadie se movía de sus asientos. En la pantalla decía 'a tiempo', sin embargo, no había señal alguna para subir al avión. La gente se empezó a inquietar. Casi media hora de retraso y la tripulación no aparecía. Marta pensó que el destino simplemente no quería que se reuniera con su mejor amiga después de tres años de mudarse al otro extremo del país.
            Exactamente cuarenta minutos después, el capitán apareció con los sobrecargos. La masa los recibió con aplausos lo cual a Marta le pareció inapropiado. Al estar a punto de despegar, el capitán ofreció una disculpa por lo sucedido. Marta ya quería arrancar, pero al oficial se le ocurrió añadir un comentario acerca de los aplausos lo cual molestó a la gente. Marta no alcazaba a escuchar gran cosa, y mucho menos a ver lo que sucedía, sólo atisbó entre los asientos el uniforme de piloto que al parecer discutía con un pasajero. Los demás sólo abucheaban y seguían el pleito desde sus lugares. Marta, además de cavilar sobre toda esa situación de mal gusto, volvió a pensar que el destino evitaba aquel reencuentro con su amiga.
            Mientras formulaba aquella disparatada idea, encendieron la luz del cinturón y el avión empezó a moverse. Ella sintió una vibra muy extraña, creía que el capitán después de tanto alboroto se estrellaría contra las Torres de Satélite, pero sólo las vio a lo lejos, clavadas en la tierra y a medio periférico a medida que la aeronave obtenía más y más altura. Cuando empezó a ver cómo el ala izquierda cortaba nubes, se tranquilizó y se dedicó a disfrutar el viaje.
            Se sentía muy cómoda. Pensó que ya todo lo complicado había pasado. Pidió una Coca y recordó el día en que conoció a su mejor amiga junto con todas las cosas fuera de lo común que hacían. Reía sola, pues era muy curioso cómo de la nada lograron juntarse ya que a pesar de tener intereses y rumbos diferentes lograron congeniar de tal manera que más que amigas llegaron a ser algo así como familia.
            Miraba por la ventana y se sorprendió al ver tierra, pues sintió que había sido un viaje muy corto. Lo seco del desierto hacía un bello contraste con el mar azulado lo cual la conmovió y volvió a sonreír. Comenzó a sentir una vibración en sus manos y pies tan extraña que pensó que algo no estaba bien, pues esa sensación definitivamente no tenía nada que ver con lo que le inspiraba el paisaje admirado, ni la pronta llegada al Pacífico. Frunció el ceño, levantó la mirada y la luz del cinturón estaba encendida. El avión se sacudía con fuerza. Ella disfrutaba las turbulencias pero en ese momento algo no olía bien.
            Empezó a sentir ese vacío en el estomago como cuando se subía a los juegos mecánicos con caída libre. Disfrutaba la sensación, pero no le daba buena espina. Los movimientos comenzaron a ser más bruscos y el hoyo en su estómago más profundo. Miró la parte trasera del asiento de enfrente e imitó la posición del tercer dibujo. Seguía disfrutando la conmoción pero algo definitivamente estaba mal. Cerró los ojos y empezó a tararear...

            Poco tiempo después, la aerolínea publicó una lista de desaparecidos otra de muertos y cero sobrevivientes del vuelo Y712.

miércoles, 31 de julio de 2013

Contigo

Room in New York,  Edward Hopper
Nueve de la noche, Mario termina de cenar. Toma el periódico, se quita los zapatos, y en ese momento se forman dos mundos dentro del cuarto.

Oídos sordos, miradas vacías, sabor a soledad. Ya no existen sentimientos. Difícil comprender cómo la costumbre los ha llevado a fraccionar e ignorar su entorno.


Por otro lado, ella sólo espera el fin de jornada y de ese modo volver a intentar romper la línea que la aleja de su todo.